miércoles, 3 de mayo de 2017

La rosa ilimitada, de Carlos Maleno


Con la visita de Carlos Maleno se dio por concluido el Club de Lectura de la UAL del curso 2016-2017. 

 

Carlos Maleno nos visitó el 26 de abril en el Club de Lectura de la UAL para charlar sobre su última novela La rosa ilimitada (2015).  Una novela verdaderamente compleja para ser leída en un club de lectura, sin embargo, los miembros del Club de Lectura de la UAL se han enfrentado a este reto de manera placentera, buceando y conectado las referencias bolañescas con la historia cruda  y violenta que Maleno nos presenta en su novela. 


Desde el principio, un lector ávido sabrá que el sugerente título, La rosa ilimitada, es también el título de una de las novelas escritas por Benno von Archimvoldi, a su vez protagonista de la novela 2666 de Roberto Bolaño. Y un lector ávido que hojea el índice, sus títulos y su estructura, antes de comenzar con la lectura, podrá preludiar también el escenario y la atmósfera de la novela de Maleno. El desierto de Bolaño y la mirada crítica y apocalíptica de Houellebecq se cruzan para crear una obra totalmente original: el horror del sórdido desierto de Almería a través de un lenguaje poético que te atrapa como una melodía infernal en una realidad pesimista y onírica… ¿Puede tanta belleza contar el horror? Maleno desde luego no solo lo consigue, sino que, como dice en uno de sus epígrafes, llega a un punto donde ya no hay retorno. Ese es el puto que alcanza el lector, un lector que no puede dejar de leer y, al mismo tiempo, es capaz de sentir el sufrimiento, la desesperación y el horror de la especie humana. Un lector atrapado por la belleza del lenguaje y el horror de lo que somos; el horror de lo que hacemos… pero, paradójicamente, es un horror que tenemos ante nuestros ojos y no somos capaces de ver en la cotidianidad de nuestra rutinaria (y miserable) vida. Es necesario leer la novela de Maleno para despertar. Su música, de belleza y de muerte, es una bofetada en toda el alma que no te dejará indiferente porque, entre otros aciertos, la novela no tiene respuestas ante la oscuridad. Solo plantea las preguntas. El narrador distante, frío y sobre todo sincero, no juzga nunca a sus personajes, todo el peso del juicio recae sobre el lector. ¿Puede salvarnos la literatura? Es el lector quien debe responder a ello… claro, una vez que ha conseguido terminar la novela y pasar al otro lado de la frontera. 


El autor 

 

Carlos Maleno nació el 4 de octubre del 1977 en Almería. Reside en Almerimar. Realizó sus estudios entre Murcia y Madrid. Aparee en el libro de relatos de varios autores El fin del proceso. Publicó su primera novela, Mar de Irlanda, en 2014 cosechando un notable interés en la crítica. El escritor Enrique Vila-Matas alabó la originalidad y la seductora prosa de su obra. La rosa ilimitada es su última novela. Ambas serán traducidas y publicadas próximamente en EE. UU.



Raquel Fernández Cobo
Coordinadora del Club de lectura de la UAL

lunes, 6 de marzo de 2017

El camino de ida, de Ricardo Piglia

Este mes de septiembre ha sido publicada la última novela del escritor argentino Ricardo Piglia, El camino de ida, y, con ello, el autor rompe con la ansiada espera a la que tiene acostumbrada a sus lectores respecto al intervalo de tiempo que separa las publicaciones de sus obras. Recordemos que su primera novela, Respiración artificial, fue publicada en 1980, seguida de La ciudad ausente (1992), publicada doce años después. Lo mismo sucede entre Plata quemada, publicada en 1997, y Blanco nocturno (2010), publicada trece años después. Es por ello por lo que esta última novela ha sido toda una sorpresa tanto para en el panorama editorial actual como para toda esa nómina de lectores que arrastra el novelista argentino. 

Esta novela tiene datos especialmente autobiográficos, notas que ya conocíamos de antemano por su ensayo Formas breves como, por ejemplo, su estancia en el Hotel Almagro en la que declaraba que “vivía dos vidas en dos ciudades como si fuera dos personas diferentes” (2000: 9), o su viaje a la Universidad, sobre el que afirmaba que vivía en un mundo escindido donde también había otros que estaban metidos en un mundo escindido (2000: 11). Precisamente eso es lo que Piglia se propone hacer en esta novela: relatar historias en las que cada personaje tiene su propia historia secreta y trata de investigar algo, de forma que la investigación alcanza todos los niveles del texto. 

Emilio Renzi, común personaje de sus novelas y álter ego del escritor, contrata a un detective, Parker, para que le ayude a conocer la verdad sobre la misteriosa muerte de su compañera de Universidad y amante, Ida Brown, la cual parece representar la imagen de la militante argentina de los años setenta. La única pista que Renzi puede seguir para desvelar la clave de la muerte de su compañera será el libro anotado de Conrad que la misma Ida parece dejarle intencionadamente. El libro será un objeto importante para el desarrollo de la obra, porque nos dice que Renzi, aunque no es un policía, está ahí, como el detective, para interpretar algo que ha sucedido y donde el detective no puede llegar (me refiero al hecho literario). Solo el profesor de literatura puede desvelar la clave. “Un libro en sí mismo no significa nada. Hace falta un lector capaz de establecer un nexo y responder el contexto” (281), dice Renzi hacia el final de la novela. Solo el profesor de literatura, el lector atento, es LXIX capaz de descifrar ese lenguaje y adentrarse en un ejercicio invisible, en una guerra secreta. Es el lenguaje de las metáforas, el lenguaje de los mundos posibles. 

De este modo, a través de su relación con el lenguaje, como ocurre en Blanco nocturno, Respiración artificial o La ciudad ausente, aunque el protagonista, en principio, trata de desvelar un enigma personal acerca de una mujer con la que ha mantenido relaciones sentimentales y se siente extrañamente implicado, Renzi se enfrenta a una combinación de enigmas que lo conducirán a respuestas de índole social y político. La novela trata de responder cómo ve la sociedad al sujeto privado, y es aquí donde nos topamos con la figura del complot: tanto Renzi como Ida Brown están posicionados en la trama para hacer ver que la ley y la política funcionan mal. 

Ya no son posibles los grupos clandestinos de Los siete locos, en la argentina de los años 20. En EE.UU., la clandestinidad es imposible, porque, haga lo que haga uno, siempre será filmado, observado, leerán su correspondencia y vigilarán su cuenta bancaria. “Ahora hay que empezar otra vez, estamos en la época de los hombres solos, de las conspiraciones personales, de la acción solitaria” (274). Y es aquí donde Piglia presenta a Thomas Munk como un héroe romántico solitario que es capaz de enfrentar durante años, a través de la acción terrorista, a los malvados de la sociedad. 

Munk, que en realidad es Unabomber, leyó el libro de El agente secreto de Conrad y tomó su personaje como modelo de acción para atacar a la inteligencia tecnológica del capitalismo criminal, abandonando su carrera académica y aislándose en el bosque, lejos de la vida social. Algo realmente quijotesco, inspirarse en la ficción para actuar en la realidad. 
Piglia simboliza en el personaje de Munk a un héroe norteamericano en sentido pleno: el intelectual que abandona todo y se instala en el bosque para demostrar que la rebelión es posible pero, también, este personaje representa mejor que nadie la tensión entre cultura de masas y alta cultura. Del mismo modo que el cawboy Johny Guitar aparece leyendo un libro en una escena, Munk es un intelectual académico y un asesino. De esta manera, Piglia discute a través de la ficción, del género policial, preguntas tan trascendentales como qué es un delito, qué es un criminal, y qué es la ley. 

Al principio, explica Renzi, se manifestaron estudiantes, poetas, grupos de gente de toda clase que se sentían identificados con el terrorista y sentían que debían de rebelarse contra el Sistema. Piglia LXX crítica de modo irónico cómo la sociedad se tranquiliza cuando la justicia recae sobre un único culpable y “demuestra que todo estaría perfecto si no fuera por algunos desequilibrados” (249). El cambio de una de las convicciones del género policial radica en que el asesino se convierte en héroe, aunque, al final, para el Sistema no deje de ser un asesino y un psicótico. Todos los atentados son indudablemente de contenido político aunque se diga que los comenten desequilibrados mentales. 

Nina Andropova, la vecina rusa de Renzi, posiblemente inspirada en la escritora Nina Berbérova, es un personaje central, porque casi toda la reflexión crítica de la novela pasa por boca de este personaje, que plantea la noción de complot de un modo explícito y le da a Renzi las claves necesarias para entender el funcionamiento de lo social. Además, Nina da cuenta de la importancia de Tolstói en las discusiones del siglo XX no solo literarias, sino sobre todo políticas, puesto que, como Hudson, se oponía al capitalismo y fue, según Nina, el primero en construir una hipótesis contra la violencia revolucionaria. Así, desvela aspectos de la literatura rusa que en realidad discute asuntos políticos. 
La trama múltiple de la información deliberadamente distorsionada, las versiones y contraversiones son el lugar denso donde imaginamos lo que no podemos comprender. Ya no son los dioses los que deciden el destino, son otras fuerzas que construyen maquinaciones que definen la fortuna de la vida, mi querido. Pero no creas que hay un secreto escondido, todo está a la vista (109). 

A diferencia de Blanco nocturno, donde nunca se resuelve el crimen porque no podemos llegar a la verdad, en El camino de Ida el crimen se resuelve y la verdad está a la vista. Digamos que Piglia reflexiona acerca del estado del género policiaco y resuelve la intriga llevándola a una magnífica conversación final donde nunca se descifra nada, porque, como en algún momento afirma Munk, los universos ficcionales son incompletos y nunca podemos llegar a conocer toda la verdad de la historia. 

Renzi y Munk dialogan en una última escena en la que se Munk expone su breve teoría de los mundos posibles y, con ello, se deja entrever la similitud entre ambos personajes. Renzi, que vivía varias vidas moviéndose en secuencias autónomas –su relación con los LXXI amigos, con la política, con los bares, etc.– estaba llevando a cabo, al mismo tiempo, la teoría de vida de Munk en la que exponía vivir una vida familiar, una vida académica, familiar y sexual como series abiertas de relaciones contradictorias que mantengan relaciones clandestinas. 

“Somos varios”, había dicho. Era una frase ambigua que sólo podía ser comprendida si uno conocía sus ideas. “Soy de Chambige, soy Badinguet, soy Prado, soy todos los hombres de la historia.” No ser nunca uno mismo, cambiar de identidad, inventarse un pasado. Ella era así también, estoy seguro, tuve una evidencia, un pequeño atisbo de su pasión por el secreto, por la vida oculta. Podía imaginarme perfectamente los viajes de Ida a ciudades lejanas, los gestos estudiados, los peligros que le hacían detenerse en la calle con un arma en la cartera y el corazón en la boca (284-285). 

Ricardo Piglia elabora una auténtica teoría de la ficción que, a través de la reflexión crítica que pone en boca de sus personajes y la narración, integra una noción de complot que viene gestándose en cada una de sus novelas, para culminar en El camino de Ida en la idea de que la verdad, siempre difusa e incompleta, sólo es posible encontrarla en la conversación y en el diálogo. En definitiva, esta ficción que Piglia ha denominado paranoica es también una manera de enseñar al lector cómo leer una novela.

Raquel Fernández Cobo

Artículo inicialmente publicado en la revista Castilla. Estudios de literatura

 

jueves, 12 de enero de 2017

Miguel Ángel Muñoz visita el Club de Lectura

El último libro de Miguel Ángel Muñoz podemos leerlo como un catálogo del mal donde encontramos varios grados de la violencia que rodea nuestro mundo. Los relatos se mueven entre una violencia explícita  (“Intenta decir Rosebud”), pasando por la violencia de los medios de comunicación, hasta llegar a una violencia que está entre nosotros pero que casi no percibimos o hemos naturalizado como, en este caso, la violencia familiar. En ese sentido, la Educación o, mejor aún, las consecuencias que tiene una mala educación, parece el auténtico tema que hacen de los relatos una totalidad cerrada. En “Modos de pasar la tarde”, se muestra claramente algo que sucede todos los días ante nuestros ojos: niños que pasan la tarde consumiendo todo tipo de violencia en el televisor, lo que conduce a la “banalización del mal” en sentido puro. El relato, además, aparece a modo de advertencia, “así es como los educamos y las consecuencias las vas a leer en otro relatos”, parece que nos susurra el autor almeriense. Ante esa escena que presenta “Modos de pasar la tarde”, solo hay dos salidas posibles: ser la víctima de Somos los malvados o el verdugo de Pronto seré bueno. El violento olvida, mientras que la víctima vive con el recuerdo de la rabia y el ansia de venganza. Ambos son culpables, víctima y verdugo, porque, como se dice,  “No existe la inocencia”. En ese sentido, Somos los malvados, abre el libro y se presenta como una especie de prólogo, de declaración de intenciones.

La tortura y el terrorismo del IES también aparecen como telón de fondo en relatos que, además, tienen fuertes ecos cinematográficos como “Intenta decir Rosebud”. El terrorismo,  maldad por antomasia de nuestro tiempo, domina nuestra televisión y nuestro imaginario infernal desde el 11-S, acontecimiento eminentemente audiovisual que marcó la historia futura de occidente. Así, cuentos como “Los nombres” o “El hombre tranquilo” que se enmarcan en los atentados del 11-M, tal como el autor indica en la nota final.

El desfile de malvados que presenta Miguel Ángel Muñoz es, como ningún otro que hayamos leído o visto, el museo del mal de nuestro tiempo. Muestra como ningún otro la hipocresía velada de nuestra sociedad. Algo que anuncia desde la cita de Charles Simic que abre el primer relato: “Los maltratadores de niños llevaban a su hijito a la iglesia los domingos”. En este sentido, en “Los hijos de Manson” mezcla distintos personajes y distintos modos de violencia donde, desde luego, es Rousseau toda una sorpresa para el lector. La paradoja del hombre bueno: el escritor del Emilio o de la educación nunca educó a sus propios hijos, sino que además los abandonó a su suerte y, sin embargo, ha sido colocado en el altar de los padres de la Ilustración y en la tradición de la novela de formación del ser humano, del bildungsroman.  

Nota sobre el autor

Miguel Ángel Muñoz nació en 1970 en Almería. Es autor de los libros de relatos El síndrome Chéjov (2006) y Quédate donde estás (2009), ambos en la editorial Páginas de Espuma, y de la novela El corazón de los caballos (2009), en la editorial Alcalá. Ha sido incluido en las antologías más destacadas del cuento de su generación: Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto) y Pequeñas resistencias 5 (Páginas de Espuma). Desde 2006 publica el blog El síndrome Chéjov (www.elsindromechejov.blogspot.com), considerado una referencia en el género del cuento. En 2012 publicó la novela La canción de Brenda Lee (Menoscuarto), que recibió el Premio Sintagma 2012 y el Premio de la Asociación de libreros de Almería.

Ha colaborado en diversas publicaciones como Litoral, Letras libres o Frontera D.


lunes, 9 de enero de 2017

Entre malvados

El próximo miércoles 11 de enero tendremos la oportunidad de conversar con Miguel Ángel Muñoz, autor del libro "Entre malvados".

Los miembros del club de lectura han podido disfrutar de este libro de relatos en los que Miguel Ángel Muñoz hace una reflexión sobre el mal y sobre la violencia.

Si quieres saber más sobre Miguel Ángel Muñoz y su obra, puedes ver una selección de webs en esta colección

¡Nos vemos el miércoles!


jueves, 1 de diciembre de 2016

Imaginemos una mujer

Relato de Ángeles López (lectora del club)

 
Imaginemos a una mujer joven, delgada, de ojos claros y tez pálida. Imaginemos a la mujer caminando por la calle una noche fría de invierno. Imaginemos que empieza a andar más rápido. Que acelera el paso. Que empieza a correr. Que está corriendo. La mujer se abalanza sobre la puerta de su piso y saca las llaves del bolsillo con rapidez. Intenta meter la llave una, dos, tres veces. Logra entrar. Se aproxima al ascensor y aprieta varias veces el botón, dirigiendo la vista atrás mientras grita que llegue el ascensor, ¿por qué no llega el ascensor?, ¿¡dónde está ese puto ascensor!?

Al fin llega y la mujer salta dentro y aprieta el botón número 5. Las puertas se cierran con lentitud… La mujer permanece de pie en el ascensor, inquieta, sujetando con fuerza las llaves y apretando los labios. Las puertas empiezan a abrirse y da un paso atrás, temiendo a la oscuridad. Ve un pasillo oscuro, solitario, sin nada realmente especial salvo su estrechez. La mujer huye del ascensor tan rápido como entró en él y se lanza sobre una puerta. Las llaves vuelven a bailar en sus manos. Un escalofrío le recorre la espalda cuando logra meter la llave en la cerradura. La mujer contiene un grito y entra al apartamento dando un portazo tras ella. La mujer camina, respirando con dificultad, encendiendo todas las luces que encuentra, temiendo a la oscuridad y a sus criaturas. La mujer pone música a todo volumen y se ducha tatareando las canciones que se suceden en la lista de reproducción. Cuando sale, consigue recuperar la calma. Se ríe de sí misma pensando que ya está mayor para esas tonterías, esos miedos infantiles. El resto de la noche hasta que se acuesta sucede de forma monótona y cansada, con ese aire de rutina que tanto gozamos y odiamos al mismo tiempo. La mujer se acuesta en la cama, con el suceso de hace unas horas olvidado. La oscuridad la envuelve y ella disfruta del calor del edredón.

Entra en el apartamento. Se pasea por el pasillo con lentitud, sin emitir ningún ruido. Busca a su presa. Encuentra una puerta entreabierta y, dentro, escucha una tranquila respiración. Sonríe, se regocija en su exitosa caza. Entra al dormitorio y la observa unos segundos en la puerta, contemplando el edredón subir y bajar al ritmo de su pecho, sus labios entreabiertos, sus brazos rodeando la almohada…

¿Un ruido? La mujer se revuelve, inquieta. Abraza con más fuerza la almohada que tiene entre los brazos, buscando algo de seguridad en su inerte existencia. Pero su mente está inquieta, sabe que no está sola. Eran solo imaginaciones suyas, tonterías que le acabarían provocando pesadillas y que le harían pasar una mala noche. Decide darse la vuelta, buscando una postura más cómoda. Pero no puede moverse. El corazón de la mujer se salta un latido. “Muévete” “Muévete” piensa, pero no se mueve. La mujer grita, pero no emite ningún sonido. No puede mover los labios. Intenta abrir los ojos, pero sus párpados no quieren abrirse. “¡Despierta!” grita, pero inútilmente. Se revuelve sin hacerlo; lucha sin dar golpes; grita sin voz. En medio del pánico nota sus ojos mirarla fijamente. Su mente imagina los monstruos más aterradores que puede mientras siente que algo le oprime el pecho. Cada vez pesa más, y más. “No puedo respirar” gime, dando invisibles bocanadas de aire. Está perdiendo la consciencia, se está hundiendo en la oscuridad que la envuelve. Nota la risa de su asesino a su lado.

Su grito la despierta. Salta de la cama y busca con desesperación su móvil, incapaz de pensar en nada más. Las 9 de la mañana. “¿Una pesadilla?” se pregunta, dirigiendo la vista a la ventana. La luz del día baña el dormitorio, pero su cerebro aún está intranquilo. La mujer se levanta con lentitud de la cama y abre la ventana para respirar el aire de la mañana. “Una pesadilla” murmura, con una media sonrisa. La mujer sale de la habitación más tranquila, pensando en el día que le espera, con la vista fija en el futuro.

No sabe que la oscuridad no se ha ido y que la espera escondida en las sombras del armario. Imaginemos que la pesadilla se repite. Imaginemos que, esta noche, a una mujer la acosan sus miedos.

Imaginemos una mujer

Relato de Maribel Cerezuela (lectora del club)


Imaginemos una mujer agarrada a una baranda. Cada cierto tiempo danza, un, dos, tres…, un, dos, tres,.. Tiene los tobillos muy hinchados. Se sienta. Descansa con cara relajada y observa el cerezo que hay en la plaza. Seguimos aquí. Demasiado calor. Pregunta si puede salir a tomar un refresco. A su derecha encuentra una calle peatonal de piedra y un poco más al fondo un bar que parecía muy animado. Música conocida a todo volumen. Pide una limonada con pacharán y un bollo de chocolate. No debería, se dice, pero sigue comiendo. Oye unas risas de unos niños jugando en la plaza. Se acerca y les habla con mucho cariño. Sus manecitas están muy frías. ¡Vamos! La pequeña mira por la ventana. Ve alejarse los cerezos y pregunta: ¿A dónde vamos?

Imaginemos una mujer

Relato de Joaquín Casado Palenzuela (lector del club)


Imaginemos a una mujer de ojos cansados. Imaginemos a una mujer que, al respirar, siente que solo hay combustión en su pecho y que cada vez ese fuego va a más. Y no le importa, porque eso es lo que quiere: que vaya a más, que todo arda dentro de ella. Quiere que su epidermis se prenda como si estuviera recubierta de gasolina y que, poco a poco, acabe convirtiéndose en papel quemado, en polvo que viaje lo más lejos posible. Si puede escoger, quiere irse al espacio, huir de la estratosfera que no la deja respirar hondo. 

Imaginemos que esa mujer ha estado en el cuarto de baño de una gasolinera. Al verse en el espejo, después de lavarse las manos, solo podía verse las legañas. En el fondo de la esclerótica no podía ver nada. Ya ni se miraba al iris. Se había cansado de pretender ser algo. «Quien no puede, no puede», lo acabó por asumir de la manera más cruda. Salió de la gasolinera y, arrastrando los pies, siguió andando. Ya no quería seguir pretendiendo nada.

Imaginemos a esa mujer arrastrando los pies. Aunque fuera invierno, ella solo llevaba un vestido blanco. Por llevar, ni llevaba zapatos. Su piel, blanca como la espuma que se crea al morir una ola, combustionaba encima del asfalto. Pero no le importaba porque, recordemos, ella quería arder. Su melena rubia bajaba por su espalda como las serpientes que le retorcían sus arterias. Era noche cerrada; poco tiempo quedaría para el amanecer. ¿Qué día era? No lo sabía, pero tampoco le importaba. Aprendió cómo se decía «olvidar» en todas las lenguas, pero en ninguna le sirvió. «¿Qué hay malo en mí?», se había preguntado desde hacía demasiado tiempo. «¿Qué sucesión he tomado en mis decisiones, que siempre he escogido las equivocadas?». Había aprendido que no había nada que se mantuviera y, sobre todo, que se odiaba. Se odiaba con toda su alma, con el inefable cariño de una mujer que vivía dentro de su más terrible pesadilla. Había una enredadera dentro de su corazón que reptaba por todo su interior, creciendo y expandiéndose, cubriendo sus aurículas. Le dolía el corazón, y no podía hacer nada para evitarlo. Respiraba y lloraba lágrimas que caían por la inercia de una vida que no debía vivir.

Imaginemos a algunos transeúntes que la miraban al pasar. Cuando se alejaban, podía escuchar cómo se preguntaban si no tenía fría esa chica. Una anciana le quiso dar su abrigo, pero ella siguió andando. «Qué modales», chistó aquella anciana, acabando en un monólogo sobre la horrible educación que le daban hoy los padres a sus hijos. Ella no quería hablar con nadie cuyo frío estaba en el exterior y no en el interior.

Imaginemos que la mujer se ha parado. Se ha detenido en un puente por el que tendría que pasar un río pero que, como siempre, está seco. Solo hay unas vagas farolas esparcidas por el puente, y ella se colocó justo debajo de una. Nadie la veía aun así, y en verdad lo prefería. Nadie vio dónde estaba el problema, pero ella lo sabía: eran las serpientes de las arterias, era la enredadera de las aurículas del corazón, era el frío del interior. Era ella desde el principio.

Volvamos a imaginar sus ojos cansados mirando hacia el final del puente. Justo en lo más profundo del río seco había un charco. Dentro del charco, unas escleróticas devolvían la mirada perdida de nuestra chica. Era otra mujer que la miraba desde dentro del charco.
Era ella desde el principio. Oniria.

Saltó.